El viaje a Cuba que cambió a Matt Dillon para siempre: “No puedes ir por ahí dando lecciones de historia a la gente”

IRENE CRESPO

Matt Dillon retratado en exclusiva para ICON a su paso por el Festival de Cine de San Sebastián. ANTONIO MACARRO

Fue ídolo adolescente a los 19. A los 25, estrella en decadencia. Cumplidos los 30 se hizo icono del cine independiente. Con 40 le nominaron al Oscar. Durante buena parte de ese tiempo estuvo preparando un documental sobre música cubana que por fin estrena.

Estamos en 1993. Matt Dillon (New Rochelle, Nueva York, 1964) es una estrella consumada. Incluso madura. Hasta un poco pasada. Los pósteres han empezado a caerse de las paredes de habitaciones adolescentes, ya no decora tantas carpetas. Aún es un ídolo juvenil, pero de otra generación. La época dorada del brat pack, esa pandilla de atractivos mocosos –Tom Cruise, Patrick Swayze– en la que le metió el periodista del New Yorker David Blum por su papel de Dallas, Dally, en Rebeldes (1983), ha quedado atrás. Dillon se arriesgó dando el salto al cine independiente y cayó de pie, con una de sus mejores películas, Drugstore cowboy (1989), segundo filme de Gus Van Sant. Pero sus siguientes elecciones tuvieron un éxito desigual: Bésame antes de morir, Solteros y un videoclip con Madonna. En 1993, el actor gozaba de un tiempo de calma antes de que llegara su segunda década prodigiosa, la que empezó con Todo por un sueño (1995), también con Gus Van Sant, y terminó con Crash (Paul Haggis, 2004) y su única nominación al Oscar. Ese año, en el que su carrera estaba en calma, como su fama, se marchó a Cuba. Fue su primer viaje a la isla.

Seguimos en 1993. Aún quedan cuatro años para la publicación del disco Buena Vista Social Club y seis para el documental homónimo de Wim Wenders que puso imágenes a ese revival de la música cubana. Dillon se adelantó. También a la tormenta de dj’s estadounidenses que se lanzaron a comprar discos en Cuba tras el aperturismo de Obama. Con esa inconfundible voz profunda, el actor recuerda ese primer viaje a La Habana al principio de su documental, El gran Fellove, con imágenes del malecón y de él en esos coches cincuenteros, mientras sitúa aquella tienda escondida con discos baratos y simpático dueño en la calle Neptuno. Aquella visita supone un antes y un después en la pasión arqueológica por la música latina que ha desarrollado en Nueva York en contacto con la población puertorriqueña. “Era como estar en la gloria”, dice de aquella tienda. Aunque la mitad del tiempo “ni sabía lo que compraba”, admite. Sus ojos se iban a toda portada en la que leyera mambo o montuno.

Fuente: El Pais.El Pais.